rayuela

photo by: mandyleft


¿Por qué tienen que hablar las paredes cuando ya no queda nada por decir?

Aún recuerdo cuando me regalaron mi primer —y único— cementerio. En mi caso evite el, asimismo necesario, rayazo de la portada. Supongamos en aquellas no veía la necesidad de combatir al equivalente de un “Cabo grueso, fijo por el seno, esto es, por el medio de su largo, en la garganta o extremidad superior del palo, y que en sus chicotes o extremidades tiene unos grandes motones, por los que se guarnen aparejos reales para reforzar la obencadura” desde la comodidad engañosa de la alcoba, aún la desigualdad jurídica entre los hombres y el centralismo hipócrita que apareja fueran desde antaño para mi cognición, repulsivas por demás. Claro que podría hacerlo ahora, pero los libros viejos tienen como un aquel de ancianos venerables que te impide lastimarlos. Bien sabrá el lector que no es excusa y el caso trataba que, de pura ignorancia, valoré aquello como una herramienta útil valga la rebuznancia. No, más aún: cómo un arma. Ese tipo de arma que convenientemente 62 y disparada con destreza podía doblegar la voluntad de las personas. Ese arma capaz de derrotar a rivales más fuertes que servidor y humillar a las suripantas engreídas. Destruirlos todos, en la placidez de la distancia segura y sin necesidad de munición ni gran alboroto… hasta que por fin, todo se reduce a cohonestar las ansias de poder y dominación mundial, igual que muchos ciclanes de medio pelo hacen con arreglo a un cenit donde ya no existe un sol de cara al que ponerse pero lo mismo.

Sucede a menudo. Media vida dedicada a crear algo, y la otra mitad invertida —atiende, esa fue buena— en tratar de destruir la obra diabólica, antes sea demasiado tarde. Y claro, ya se imaginan… de la única manera posible, al más puro estilo brulote cortazariano: sin medida ni mesura, que eso será para quienes tengan barbas de popular político y no para yihadistas quijotescos trasnochados.

De modo que releo el 41. Y lo hago como debe hacerse: sin recordar. Con la sana inconsciencia que permite desear fervientemente que en el último momento, Talita cruce el tablón hasta la pieza de Horacio. Llámalo insolación. Decile justicia poética, che. Porque sí, porque era necesario; porque acaso no merece la pena habitar un mundo donde las talitas reculan hasta los brazos de los travellers después de una escena así. Con el corazón soplado de vidrio en ese preciso momento precioso en que el multi-universo conspira abriendo un portal ambivalente, andromadiaco y poli-distorsionador que todo lo hace posible, para que, con suerte, la dichosa Maga reencarnada y espiritosa se decida por fin a horadar la rebanada de aire y le den por el orto a la yerba, los clavos enhiestos y la pseudo-esfericidad de la madre tierra. Ganar ella y sus muchísimos pelos bajo el albornoz. Releo y releo. Dejando entre medias el tiempo imprescindible para que se instale la bruma de los cementerios y la historia se altere en secreto, y ya de paso, si no fuera mucho pedir, que se traiga la tricolor de mi amada, y todo así, desde la ilusión de la ausencia y la doble rendija; del no recordar bien. Releo hasta cerrar el libro entre el hastío y el desaliento. ¿Por qué siempre Manú y Gekrepten? ¿Por qué invariablemente han de vencer estos cerdos fascistas y el café con leche?

O mejor aún: ¿Por qué condenarse a esperar que lleguen a ser las cosas que de algún modo ya son? Máxime asumiendo, desde la comprehensión-con-hache, desde un reconocer, que a falta de un buen infierno con llamas sulfuradas me destierro a ‘lo otro’: a ese estar del otro lado de los piolines, queriendo salvar aquello que se hamaca en el dintel de su ventana. Quererlo salvar de las dobles dosis de Ovejero, cuando puede que el territorio ya este sembrado y vaya siendo la hora de una buena siega y si algo me queda por aprender es, quizás, cerrar las frases sin drama ni sentencia. Dejarlas ir, simplemente, sin oposición ni enjuiciamiento, como a la vida del ajeno o a la democracia misma. Como los años del progreso y consecuente recesión a la buena literatura, la literatura misma. Como al gran maestro.

Muera el perro.

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