photo by: Manu Coloma
Sucede que a veces alguien muere. O le matan. O se mata. Sucede (muy de vez en cuando) que ese alguien se lo merecía. O al menos mucha gente cree que se lo merecía. Aunque otra mucha gente no crea que se lo mereciera en absoluto.
Y cuando ocurre, alguien se asoma por nuestra ventana y nos dice que «el mundo es hoy un lugar más seguro y mejor». Y sucede que nosotros nos lo creemos. O la mayoría de nosotros nos lo creemos. O, (como mínimo) hacen todo lo posible para que nos los creamos.
Sucede que cuando nos hablan del 'eje del mal' tienden a confundir síntomas con causas. Y así no hay manera de hacer un diagnóstico diferencial. Lógico que el paciente sea ya cadáver. Un inmenso cadáver colectivo tejido con los trozos —bombardeados, fusilados, mutilados, necrosados y entumecidos— de miles de millones de cuerpos a lo largo de toda la historia. El Frankenstein definitivo. El mosaico más cosmopolita que pueda existir: el del sufrimiento humano.
Sucede que, como siempre, los verdaderos terroristas se duchan a primera hora en sus baños con acabados en platino. Desayunan en su vajilla de Meissen mientras ojean el periódico, y no crean que celebran el asesinato del hombre más buscado del mundo; más bien se la trae al fresco. Después se visten sus corbatas y conducen sus Mercedes camino al trabajo. Han de llegar puntualmente.
Sucede que (en el fondo) hacer del mundo un lugar peor exige de una enorme dedicación.











