pequeñas traiciones, grandes fracasos

—Bienvenido a casa.
—¿De modo que esto es el infierno?
—Pareces decepcionado.
—Bueno, entiéndeme; me esperaba algo más espectacular. Ya sabes, grandes calderas de azufre, demonios con tridentes, charcas de cieno. Cosas así.
—Lees demasiada literatura.
—Publicidad engañosa, diría yo.
L'enfer, c'est les autres. Bla bla bla…
—Bueno. ¿Y una vez aquí?
—Eso no depende de mí. Yo sólo soy un sastre. Por estos lares los trajes son a medida.
—¿Quieres decir que eres como el genio de la lámpara de los deseos, pero al revés?
—Quiero decir que soy exactamente como el genio de la lámpara de los deseos.
—No te sigo.
—Maldita sea. Sigues pensando que esto no tiene nada que ver contigo, ¿verdad? Que el hecho de que te haya hostigado desde que llame a tu puerta, o que estés aquí ahora es algo completamente exógeno a tu voluntad, ¿no es cierto?
—…
—Despierta ya. Lo primero que me preguntaste fue por qué había vuelto. ¿Recuerdas mi respuesta?
—No.
—Te dije que me estabas esperando.
—Pero no es…
—¡Me esperabas! Una vez aquí no tengo necesidad alguna de mentir, y lo sabes. Me estabas esperando por la sencilla razón de que fuiste tú quien me llamó.
—No.
—¿Sabes mi nombre?
—Goðan.
—Exacto. ¿No te resulta llamativo que esté vinculado a algo que te gusta?
—Pero si lo que dices es cierto entonces querría decir…
—Eso mismo es lo que quiere decir. Volveré a empezar: ¡Bienvenido a casa!

[…]

—¿De modo que este es mi infierno?
—Pareces sorprendido.
—Lo estoy. Y una vez aquí, ¿que ocurre?
—Sólo frota la lámpara y pide lo que quieras. Cualquier desgracia, tormento o dolor que desees se materializará en el acto y durará tanto como quieras sentirlos. Por supuesto también puedo crear grandes calderas de azufre, charcas de cieno y detrito y chorradas de esas. Pero sospecho que son castigos demasiado toscos y vulgares para una mente tan exquisitamente refinada como la tuya. Tan exquisitamente perversa.
—Puedes dejarme a solas y en silencio.
—Claro que si. Necesitas pensar.

Y desaparece con una carcajada, cuyo eco se va diluyendo en el aire denso y gris.
Se me ocurren demasiados comienzos.

Y demasiados es la palabra clave de la frase.

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