tear


photo by: bippla

Ana supo que sus padres estaban apunto de llegar a casa tan pronto escuchó el traqueteo del ascensor aproximándose. Se apresuró por el corredor en aquel duelo con su padre, infinidad de veces repetido que consistía en ver quien abría antes la puerta. En esta ocasión tiró con satisfacción de la manija sabiendo que aún la llave no había entrado en la cerradura del otro lado.

Llegaban cargados con bolsas de supermercado, por eso le chocó que hubieran traído visita. Saludó sonriendo de coleta a coleta, amistosa como había sido siempre.
―Hola, mi nombre es Ana, ¿cómo te llamas tú?

Desde entonces dejó de comprender. Empezando por la reacción a su pregunta: el incómodo silencio de aquella niña, la carcajada compartida de sus padres. Dio un paso atrás con algo de enfadó y miro severamente solicitando una explicación.
―Ana, cariño, es una muñeca. Tu padre es un bromista. Déjanos pasar que tenemos que meter todo esto en la nevera.
―Seré un bromista pero he ganado la apuesta. Sabía que si la sacábamos de la caja no se iba a dar cuenta a primera vista.

Ana miró a Jana estudiándola con la misma cantidad de atención que de recelo.
Aproximándose cautamente con pasitos de geisha.
El pelo fue clave para su confusión. De eso no cabía duda. No se parecía a ningún otro de cuantos había visto en muñecas. Lo tocó casi como quien toca el reflejo del espejo, como con un escalofrío. Ese pelo era como recogido del suelo de la peluquería el día que tuvo que despedirse de sus largas melenas. Y como lloró.
Pero lo preocupante era la piel. La miraba y la tocaba y cuanto más hacia ambas cosas más crecía su confusión. No tenía el tono cromático quimérico del plástico, ni el tacto frío y duro de la porcelana. Lo único que diferenciaba esa piel de LA piel era quizás el brillo irreal de su superficie. Con los ojos cerrados se tenía la impresión de tocar algo vivo, estático pero caliente. Difícil de explicar. Y sin embargo no era piel. No lo era.

―Ana, ¿qué haces ahí todavía? Cierra la puerta de casa y lleva la muñeca a tu cuarto, que vamos a comer en cinco minutos.

A pesar de tener casi su misma estatura la encontró confusamente ligera y desusadamente consistente. Como si dentro hubiera de veras una niña encerrada. Sin duda lo mejor sería dejarla en algún rincón poco visible y olvidarse de ella.

Pero llegaron las pesadillas.
Ana sentía una presencia opresiva y queda cerniéndose. Las persianas nunca llegan a ajustarse tanto como deberían. Y entonces los gritos, y los ya pasó, cariño y las lágrimas, el sólo era un mal sueño, la infusión relajante y el vente a nuestra cama, pero sólo por esta noche y otra noche y otra noche.

―Siempre estamos igual con los dichosos tickets, ¿tan difícil es guardarlos en un mismo lugar?
―Si tan fácil te resulta no sé que demonios haces que no te encargas tú de ellos.

Los vecinos comenzaban a quejarse golpeando paredes colindantes, lo que al fin y a la postre sólo conseguía azuzar aún más la histeria generalizada de la escena. Una vez los gritos debieron oírse hasta en la calle.
Repetían entre sollozos “me ha guiñado un ojo”.
Se miraron y supieron que había llegado el momento de adoptar alguna solución definitiva. Abrieron la puerta pese a que el escándalo ya había cesado repentinamente mientras se levantaban de la cama. La madre arropó a la niña que yacía de lado, con las sabanas medio caídas en el suelo. El padre cogió a Jana y bajaron juntos a la calle.

Allí se quedaron mirándola por primera vez con atención.
—En el fondo es tan… real que no me extraña que le resulte siniestra.
—¿Pero como siniestra? Mira esa sonrisa tan clara. A mi me inspira ternura.
—Si, pero lo que quiero decir… no parece una muñeca, no tengo ni idea de cómo habrán podido fabricar una reproducción tan… mira este pelo, seguro que es pelo auténtico… y el tacto de la piel ¿Qué material puede ser este? Tal vez le delata el tono mate, pero con los ojos cerrados es como…
—Si, tienes razón. Es extraño. Pero no podemos quedárnosla. Ana no ha dormido una sola noche bien desde que la trajimos.
—Si, es verdad. Es necesario.

Se deshicieron de ella con un inexplicable dolor y en pleno delirio emocional creyeron incluso distinguir una lágrima bajo su mirada emotiva desde el fondo del conteiner.
Justo antes de bajar la tapa.

Ana no volvió a sonreír. Con lo risueña que había sido siempre.

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