white death


photo by: aircrash

—Déjame ver tu cicatriz.
—Yo no tengo ninguna.
—Por eso. La muerte blanca siempre es la peor de las torturas. Tus cicatrices van por debajo de la piel.

Y me ponía a llorar. Yo, en vez de ella. Si, amando sus cicatrices inexistentes, amando todo ese dolor blanco e invisible que rezumaba de sus orificios. Lloraba como se llora al conocer la historia de Atlas; yo, que ignoraba que se pudieran trasplantar las lágrimas.

Y así consumía mi porción de la tarta de nata de Estrella. Como un reloj en el que cada grano de arena es una lágrima. Tic Tac. Es la hora, debes partir. Clin Clin Caja. Pero yo siempre volvía, como es natural. Volvía como se acostumbra a volver a los sitios que menos deberíamos: los que más nos satisfacen.

—Dame un beso, amor.
Y me besaba la frente. Me costo tres años de mi vida que mi mujer hiciera lo que para Estrella deben equivaler a un par de euros o diez lágrimas; y con la candidez y cercanía que da la profesionalidad. Me vas a comparar.

A veces lloraba desnudo abrazado a ella. A veces a los pies de su cama como lloran las mascotas por sus amos. La lloré en todas las posturas del Kamasutra. Amaba su forma erótica de recibir todo mi salitre sobre su cuerpo.
Esparcirlo. Lamerlo. Saborearlo.

Nunca practicamos sexo, pero a pesar de ello puedo jurar ante Dios que fui infiel cada noche que al pagar mi Torres 10 en el bar me veía con la cartera llena.

Un día mientras lloraba me dijo que debía irse. Que mi ciudad se le había quedado pequeña. Todo mi llanto se secó de golpe como se seca el vientre de una mujer estéril. Asentí y comencé a vestirme abatido. No había nada que un viejo como yo pudiera hacer para retenerla.

—Te desearía suerte, pero no la necesitas. Yo la necesito más que tú. –Le dije en el dintel de su puerta verde.

Recorrí la ciudad como quien recorre el cauce seco de un río. Al meter la llave en la áspera cerradura de mi casa sentí que debía intentarlo una última vez. Me planté delante de mi mujer, con los pantalones llenos de tierra y le dije:
—Dame un beso, Maria.

—¿Que te ha dado a ti hoy? Besos ni gaitas. A que no has ido al banco a hacer el ingreso para la matricula del nieto, si es que ya lo sabía yo, siempre es la misma historia, no se puede confiar en ti Manolo, y pensar que ya me lo decía tu madre, mi Manolo tiene la cabeza en las nubes, pero yo erre que erre y ahora [...].

Dejo de escuchar, y doy un portazo. Este tipo de cosas tienen que ser tan dramáticas como sea posible. No tardo en llamar por última vez a esa puerta de madera vieja y ajada en la que tantas veces lloré mientras esperaba. Me recibe una mirada de sorpresa. Yo solo puedo decir:
—Creo que esta ciudad también se ha hecho demasiado pequeña para mí.

P.S: Le pido entrar un momento al baño y me masturbo en el. Ya casi no me acordaba de como se hacía. Va a ser un viaje... interesante.

1 coros disfónicos:

Anónimo dijo...

Interesante...
El viaje es como lanzar al vuelo una moneda de dos caras...
El amor y el dolor van tan unidos como el anverso y el reverso de ellas... Ellas...
¿ Y él donde llorará ?
Este mundo es muy pequeño.

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