Cargando...

at least


Hay algo extrañamente morboso en eso de ver explotar templos muy muy viejos en alta definición y sabiendo que no se ha reparado en dinamita. Perturbador… pero hermoso. Algo así como imaginarse a una siamesa desnudándose para ti… o ambas (sutil es la grandeza de los detalles mínimos).
Bien mirado, Palmira son "sólo" piedras viejas. Piedras viejas talladas por gente vieja que murió hace miles de años y que no conocían el agua corriente y, tal vez por ello hacía mucho que ya nadie las usaba para vivir y, de ahí que hoy no sean más que ruinas.

Oigo decir —con cierto tono de superioridad moral, por cierto— que esto es lo que traen las armas ultra-modernas y los recursos quasi ilimitados cuando caen en manos de mentalidades medievales. Luego veo que la UNESCO ha tildado aquello de crimen «contra la civilización» y a continuación la foto del niño sirio ahogado en la playa. Nihil novum sub mare nostrum. Suspiro.
Las palabras 'civilización' y 'medievales' palpitan en mi cabeza como un tumor. ¿Sabéis, mis queridos compatriotas? Al menos ellos creen en algo. Para nosotros los europeos «el dinero es nuestro único Dios. Y, ver cómo poner la zancadilla al otro para quitárselo, su profeta». No nos importa lo más mínimo que esto lleve años ocurriendo a diario mientras les damos la espalda. Lo que realmente perturba el hipócrita sueño de occidente es que nos lo enseñen en prime time y nos veamos forzados a decir: "oh dios mio, que pena, esto es intolerable".

Una vez tuve fe en el ser humano.
Luego escuché a una horda de gilipollas "argumentar" que «si tanto te gustan los refugiados mételos en tu casa» y se me pasó. Pero no se preocupen porque parece que al fin me equivoqué en algo (el Siglo XXI se está convirtiendo en un cabroncete especialista en eso de quitar razones) y es que, dejando a un lado la pesadilla distópica del fundamentalismo religioso, resulta gratificante saber que alguien ha comprendido por fin que para cambiar este mundo sólo es posible si antes pegamos fuego a las cenizas resultantes tras verlo arder. Y no sólo eso, sino que además este dispuesto a llevarlo a cabo aunque se manche las manos, aunque para ello haya antes que dinamitar hasta el último monumento de la faz de la tierra.
Porque tuvimos la oportunidad de hacerlo a nuestro modo, y este es el resultado.

silence

«somos puzzles incompletos
esqueletos vagando histéricos
mientras nuestro silencio se expande y hiere
así el afecto muere triste y famélico
viendo que nada cambia […]
pensando tanto diciendo nada
sintiendo cada mirada minada por la costumbre
seca por la escasez por la sed de deseos que no se cumplen»
(Nach)
Ya no se. Y lo poco que sabía empieza a olvidárseme.

círculos concéntricos

photo by: cucumber-love

—No te vayas (nunca).
—Vete (si has de hacerlo), pero regresa (pronto).
—Vete (si es lo que quieres), pero no vuelvas (más).

—No te vayas, pero (ya que lo haces), vuelve (, por favor).
—No te vayas, pero (si cruzas esa puerta) no se te ocurra volver.
—No vuelvas (nunca)

rayuela

photo by: mandyleft


¿Por qué tienen que hablar las paredes cuando ya no queda nada por decir?

Aún recuerdo cuando me regalaron mi primer —y único— cementerio. En mi caso evite el, asimismo necesario, rayazo de la portada. Supongamos en aquellas no veía la necesidad de combatir al equivalente de un “Cabo grueso, fijo por el seno, esto es, por el medio de su largo, en la garganta o extremidad superior del palo, y que en sus chicotes o extremidades tiene unos grandes motones, por los que se guarnen aparejos reales para reforzar la obencadura” desde la comodidad engañosa de la alcoba, aún la desigualdad jurídica entre los hombres y el centralismo hipócrita que apareja fueran desde antaño para mi cognición, repulsivas por demás. Claro que podría hacerlo ahora, pero los libros viejos tienen como un aquel de ancianos venerables que te impide lastimarlos. Bien sabrá el lector que no es excusa y el caso trataba que, de pura ignorancia, valoré aquello como una herramienta útil valga la rebuznancia. No, más aún: cómo un arma. Ese tipo de arma que convenientemente 62 y disparada con destreza podía doblegar la voluntad de las personas. Ese arma capaz de derrotar a rivales más fuertes que servidor y humillar a las suripantas engreídas. Destruirlos todos, en la placidez de la distancia segura y sin necesidad de munición ni gran alboroto… hasta que por fin, todo se reduce a cohonestar las ansias de poder y dominación mundial, igual que muchos ciclanes de medio pelo hacen con arreglo a un cenit donde ya no existe un sol de cara al que ponerse pero lo mismo.

Sucede a menudo. Media vida dedicada a crear algo, y la otra mitad invertida —atiende, esa fue buena— en tratar de destruir la obra diabólica, antes sea demasiado tarde. Y claro, ya se imaginan… de la única manera posible, al más puro estilo brulote cortazariano: sin medida ni mesura, que eso será para quienes tengan barbas de popular político y no para yihadistas quijotescos trasnochados.

De modo que releo el 41. Y lo hago como debe hacerse: sin recordar. Con la sana inconsciencia que permite desear fervientemente que en el último momento, Talita cruce el tablón hasta la pieza de Horacio. Llámalo insolación. Decile justicia poética, che. Porque sí, porque era necesario; porque acaso no merece la pena habitar un mundo donde las talitas reculan hasta los brazos de los travellers después de una escena así. Con el corazón soplado de vidrio en ese preciso momento precioso en que el multi-universo conspira abriendo un portal ambivalente, andromadiaco y poli-distorsionador que todo lo hace posible, para que, con suerte, la dichosa Maga reencarnada y espiritosa se decida por fin a horadar la rebanada de aire y le den por el orto a la yerba, los clavos enhiestos y la pseudo-esfericidad de la madre tierra. Ganar ella y sus muchísimos pelos bajo el albornoz. Releo y releo. Dejando entre medias el tiempo imprescindible para que se instale la bruma de los cementerios y la historia se altere en secreto, y ya de paso, si no fuera mucho pedir, que se traiga la tricolor de mi amada, y todo así, desde la ilusión de la ausencia y la doble rendija; del no recordar bien. Releo hasta cerrar el libro entre el hastío y el desaliento. ¿Por qué siempre Manú y Gekrepten? ¿Por qué invariablemente han de vencer estos cerdos fascistas y el café con leche?

O mejor aún: ¿Por qué condenarse a esperar que lleguen a ser las cosas que de algún modo ya son? Máxime asumiendo, desde la comprehensión-con-hache, desde un reconocer, que a falta de un buen infierno con llamas sulfuradas me destierro a ‘lo otro’: a ese estar del otro lado de los piolines, queriendo salvar aquello que se hamaca en el dintel de su ventana. Quererlo salvar de las dobles dosis de Ovejero, cuando puede que el territorio ya este sembrado y vaya siendo la hora de una buena siega y si algo me queda por aprender es, quizás, cerrar las frases sin drama ni sentencia. Dejarlas ir, simplemente, sin oposición ni enjuiciamiento, como a la vida del ajeno o a la democracia misma. Como los años del progreso y consecuente recesión a la buena literatura, la literatura misma. Como al gran maestro.

Muera el perro.

hit rock bottom

photo by: aerendial


Os voy a contar un cuento. Uno diferente a todos los que alguna vez habéis conocido.
Diferente a los escritos por los Grimm. Diferente a la estática Biblia y los animados de Disney. Un cuento basado en hechos reales. Como todos los cuentos, imagino.

Va de alguien que, después de dar vida, sólo sabe destruirla.
Va de alguien que, después de recibir la vida, sólo sabe extraviarla por el camino.

Esas cosas pasan.

Narra la historia de dos personas. Ambas están lastradas por los pies. Ambas han sido arrojadas al mismo lago. Para mantenerse con vida, lo único que cada uno de ellos puede hacer, es tirar con todas sus fuerzas del otro hacia el fondo para, de este modo, impulsarse con destino a la superficie. Hacia la siguiente bocanada de aire.

Como podéis imaginar, este cuento es más bien un drama. Pero sucede que al tiempo incluye una de esas burlas atroces que transforman lo trágico en cómico. Lo surrealista en poético. Lo absurdo en absurdo.

La ironía es, por si no os habéis dado cuenta ya, que en caso de que cualquiera de los dos se hundiera por completo, el otro dejaría de tener un punto de apoyo con que poder reflotarse. Y poco después se hundiría también. Inevitablemente.
Por ello, cuando las fuerzas de cualquiera flaquean y la profundidad lo reclama para si, las reglas del juego se invierten. El oxígeno victorioso del otro debe emplearse para salvarlo a toda costa. Aunque ello suponga sumergirse a si mismo. Un "altruismo" que, tarde o temprano, le será debidamente recompensado.

Estas cosas pasan.

Ya lo sabéis.
A veces en la vida conoces a personas que se matan mutuamente, y se salvan después con el único propósito de poder seguir matándose. A veces conoces a personas cuyas vidas parecen no tener otro sentido que el de jugar a hacerse daño. Tal como si fuera una forma compartida —y especialmente refinada, casi artística— de autolesionarse o automutilarse. Autocensurarse o, en resumen, de autodestruirse.

El cuento termina de la única forma en que puede hacerlo: con un final abierto.
No se enfaden. Dejen que me explique.

Cierto es que, a menudo, este tipo de finales evidencian la cobardía del autor para resolver sus historias. De hecho creo que las más de las veces delatan la forma tramposa y oportunista, con que se pretende delegar en el lector la responsabilidad de unos acontecimientos que él no ha provocado ni conducido, torpemente, a un punto crítico donde ninguno de los desenlaces posibles tiene la suficiente calidad.

Empero no es este el caso de mi cuento. En él no encontraran trampa alguna. Nadie que me conozca podrá tacharme de cobarde. Simplemente su final consiste en la redundancia circular. Repetición ‘ad nauseam’. Bucle infinito.

Limítense a visualizar la escena: Hay dos almas en el lago, entrelazadas. No se sabe bien que hacen, ya que nadie puede ver la soga de sus pies lastrados. Desde la orilla casi parece que se abracen o quizás, mejor aún, que lleven a cabo una especie de danza ritual. Primitiva y visceral como el espíritu de supervivencia. Delicada y elegante como una canción de Sigur Rós. Hipnótica. Se elevan y descienden como en una coreografía. Se turnan para respirar. Para vivir. No tiene sentido tratar de ayudarles; en ningún momento han pedido ayuda. Con que piensas que hacen lo que quieren o, quizás, lo único que saben hacer y así, te resta contemplar la belleza en la ejecución. El tango definitivo conjuga los cuatro elementos: El aire y el agua. Dos cuerpos de tierra. Y el fuego de un amor o un odio recíproco. Tal vez ambos en distinto tiempo.

Hay —pocos— cuentos que terminan de forma abierta, porque únicamente así es posible atisbar la danza. Por toda la eternidad (o hasta que sus ganas de contemplarla les abandonen).

Esas cosas pasan.
Que le vamos a hacer.

ABERTIS ▼ 0,12 ACCIONA ▼ 0,63 ACS ▲ 0,23 AMADEUS ▼ 0,99 ARCELORMIT ▼ 0,93 BA.POPULAR ▼ 1,80 BA.SABADELL ▼ 1,62 BA.SANTANDER ▼ 0,86 BANKIA ▼ 0,77 BANKINTER ▲ 0,65 BBVA ▼ 0,30 BME ▼ 0,33 CAIXABANK ▼ 1,28 DIA ▼ 1,51 EBRO FOODS ▼ 0,69 ENAGAS ▲ 0,67 FCC ▼ 0,23 FERROVIAL ▼ 1,29 GAMESA ▲ 1,09 GAS NATURAL ▲ 1,23 GRIFOLS ▼ 0,44 IAG ▲ 2,31 IBERDROLA ▲ 0,31 INDITEX ▼ 0,71 INDRA ▲ 0,38 JAZZTEL ▼ 1,16 MAPFRE ▼ 0,96 MEDIASET ▲ 1,05 OHL ▼ 1,03 PUCK INC ▲ 2,50 REC ▲ 0,11 REPSOL ▲ 0,20 SACYR ▼ 0,24 TEC.REUNIDAS ▼ 0,58 TELEFONICA ▲ 0,88 VISCOFAN ● 0,00